Te has tomado algo. Han pasado dos horas, luego cuatro, y el dolor está exactamente donde estaba. Lo primero que se te pasa por la cabeza es que la dosis fuera baja. Lo segundo, peor, es que entonces el problema sea grave.
En la gran mayoría de los casos no es ni una cosa ni la otra. Es que los analgésicos, en el dolor musculoesquelético, hacen mucho menos de lo que todos damos por supuesto, y esto está escrito con claridad en los estudios desde hace años, solo que nadie lo dice en la farmacia.
Este artículo no te dice qué tomar ni qué dejar: el fármaco lo prescribe un médico y la decisión sigue siendo suya. Te cuenta la otra mitad, la que es trabajo nuestro: qué significa, para el movimiento, que no esté haciendo efecto.
Antes que nada: las señales que no tienen que ver con el fármaco
Hay una minoría de situaciones en las que la pregunta correcta no es qué analgésico, sino con qué rapidez hay que acudir a consulta. Acude a un médico, o a urgencias, si junto con el dolor aparece aunque sea una sola de estas señales:
- Pérdida del control de la vejiga o del intestino, o dificultad repentina para orinar.
- Pérdida de sensibilidad en la zona de la silla: interior de los muslos, periné, zona genital y anal.
- Debilidad en una pierna o en un brazo que empeora en cuestión de horas o días, el pie que cede, la mano que suelta.
- Fiebre o escalofríos junto con el dolor, sobre todo si hay una infección en curso.
- Pérdida de peso no intencionada, dolor que no da tregua ni tumbado y despierta por la noche, antecedentes de cáncer.
- Traumatismo importante, o un traumatismo incluso leve si tienes osteoporosis o tomas corticoides desde hace tiempo.
Estas señales sirven para decidir cuándo acudir, no para autodiagnosticarte. Y ninguna de ellas se reconoce por lo bien que haya funcionado la pastilla.
La cifra que nadie te dice
Empecemos por la parte incómoda, con las cifras reales. Todas se refieren al dolor de espalda, porque es ahí donde la investigación es más sólida: no las extendamos automáticamente a la rodilla o al hombro.
La revisión Cochrane de 2020 sobre los antiinflamatorios en el dolor de espalda agudo reunió 32 ensayos aleatorizados y 5.356 personas. Frente al placebo, la diferencia en la intensidad del dolor era de 7,29 puntos en una escala de 0 a 100 (pruebas de calidad moderada), y de 2,02 puntos sobre 24 en la discapacidad (pruebas de alta calidad). La frase de los autores es literal: el tamaño de estos efectos es pequeño y probablemente no clínicamente relevante.
Siete puntos sobre cien. No es cero, pero si esperabas que el dolor desapareciera, siete puntos sobre cien es exactamente la sensación de "no me ha hecho nada".
Para el paracetamol el panorama es más nítido. La visión general Cochrane de 2023, que reunió siete revisiones con 103 estudios y 22.238 participantes, informa de pruebas de alta calidad de que en el dolor de espalda agudo no hay diferencia con el placebo: 0,49 puntos sobre 100, es decir, nada. La conclusión general de esa visión general es lo más honesto que se ha escrito sobre el tema: no hemos encontrado pruebas de calidad alta o moderada de que ningún fármaco estudiado produzca un efecto grande o mediano sobre el dolor, ni en el dolor de espalda agudo ni en el crónico.
En 2025, un metaanálisis publicado en BMJ Evidence-Based Medicine amplió el campo a 301 estudios controlados con placebo y 56 tratamientos distintos, excluida la cirugía. Resultado: aproximadamente uno de cada diez resultó eficaz, y con efectos analgésicos pequeños. Entre los que resultaron no eficaces para el dolor de espalda agudo están el paracetamol y las infiltraciones de cortisona.
Así que "no me hace efecto" no es una avería. Estadísticamente, es uno de los resultados más comunes.

Tres motivos distintos, y llevan a tres caminos distintos
1. Está haciendo lo que puede, y es poco
Es el caso de las cifras de arriba. El fármaco ha funcionado tanto como sabe funcionar, y ese "tanto" no basta para cubrir tu dolor. No hay nada roto en ti: la molécula tiene un techo, y tu dolor está por encima de ese techo.
Qué cambia: dejas de buscar la pastilla adecuada y empiezas a buscar qué mueve el dolor. Qué postura lo enciende, cuál lo apaga, qué pasa al día siguiente de haber caminado media hora. Esa información vale más que cambiar de principio activo, y es la materia prima de cualquier programa sensato.
2. El dolor no es (sobre todo) inflamatorio
Un antiinflamatorio actúa sobre la inflamación. Si tu dolor es mecánico (aparece con la carga, con una postura mantenida durante mucho tiempo, con un movimiento concreto, y cambia cuando cambias de postura), entonces la diana del fármaco no es tu diana.
La señal típica: el fármaco amortigua el fondo, pero el movimiento que duele sigue doliendo igual. Es una información muy útil, y conviene decírsela al fisioterapeuta con estas mismas palabras.
3. El sistema se ha vuelto hipersensible
En 2017, la IASP, la asociación internacional para el estudio del dolor, adoptó una tercera forma de describir el dolor, junto a la nociceptiva y la neuropática: el dolor nociplástico, es decir, dolor que nace de una nocicepción alterada y que no se explica del todo ni con un daño en los tejidos ni con una lesión nerviosa. Los criterios propuestos para el aparato musculoesquelético son cuatro: dolor que dura más de tres meses, distribución regional o difusa más que localizada, imposibilidad de explicarlo por completo con los otros dos mecanismos, y signos clínicos de hipersensibilidad en la zona.
Si este es el cuadro, los fármacos pensados para la inflamación tienden a hacer poco por construcción. Eso no significa que el dolor sea imaginario: significa que el sistema de alarma se ha calibrado demasiado bajo, y que se trabaja sobre eso.
¿Y cuándo el fármaco es la jugada correcta?
Esta es la parte que suele faltar en los artículos escritos por fisioterapeutas, y es la que hace creíble el resto.
En 2022, un ensayo aleatorizado publicado en JAMA Network Open siguió a 100 personas con tendinopatía aquílea de larga duración. Todas hacían ejercicio; a la mitad se le añadió una infiltración de cortisona ecoguiada, y a la otra mitad una infiltración placebo. A los seis meses, el grupo con cortisona estaba 17,7 puntos mejor en la puntuación VISA-A (intervalo de confianza del 8,4 al 27,0), sin eventos adversos graves y sin empeoramientos a los dos años.
Diecisiete puntos son muchos. Pero fíjate en cómo está hecho el estudio: los dos grupos hacían ejercicio. La cortisona no sustituyó la rehabilitación, la hizo posible. Es el modelo correcto para pensar en un fármaco dentro de un recorrido musculoesquelético: abre una ventana, y dentro de esa ventana tiene que entrar algo.
En el lado opuesto, la misma visión general Cochrane de 2023 informa, para los relajantes musculares en el dolor de espalda agudo, de pruebas de calidad moderada de un efecto pequeño sobre el dolor, y de pruebas de calidad moderada de que aumentan el riesgo de efectos adversos. Sirven un poco y cuestan un poco: es una decisión clínica, no un automatismo.
Qué no hacer cuando no hace efecto
- No subas la dosis por tu cuenta. El efecto no crece en proporción, el riesgo sí. Y la noticia de que no ha funcionado le sirve más al médico que una dosis doblada a escondidas.
- No combines fármacos distintos esperando que uno acierte. Si no ha funcionado un antiinflamatorio, el problema no se resuelve añadiendo un segundo del mismo tipo.
- No lo tomes para aguantar el entrenamiento o el turno. Es el error más común en deportistas y en quien hace un trabajo físico: sin la señal no sabes dónde estás, y la factura llega al día siguiente o a la semana siguiente.
- No concluyas que entonces no funciona nada. Es la trampa peor, porque lleva al reposo prolongado. En el mismo metaanálisis de 2025 en el que casi todo resultaba ineficaz, el ejercicio es uno de los cinco tratamientos que resultaron eficaces para el dolor de espalda crónico. El efecto también es pequeño ahí, y hay que decirlo: nadie aquí te vende una varita mágica. Pero hay una diferencia que las medias no recogen: la pastilla cambia la tarde, el ejercicio cambia la dirección.
Las tres cosas que hay que decir, y a quién
Cuando el fármaco no ha funcionado, estas tres informaciones cambian de verdad el plan, tanto para el médico como para el fisioterapeuta:
- Qué has tomado, cuánto y durante cuántos días, y qué pasó: nada, poco, o un alivio que duraba menos que la siguiente dosis.
- Si el movimiento que duele sigue doliendo igual incluso cuando baja el dolor de fondo. Es la señal de que estamos ante un problema mecánico.
- Desde cuándo dura, y si es localizado o difuso. Si pasa de los tres meses y es difuso, el razonamiento cambia, y cambia también el tipo de trabajo que tiene sentido proponerte.
Si quieres que alguien revise tu caso con esta guía, empieza por el cuestionario: la primera consulta dura veinte minutos, es por videollamada y es gratuita. No prescribimos fármacos: no es nuestro oficio y no fingimos lo contrario. Pero si de la consulta surge que el camino es otro, te lo decimos y te orientamos. Y si tu caso necesita trabajo con las manos, el fisioterapeuta que te acompañe te lo dirá y te derivará a uno de nuestros profesionales cerca de ti.
Fuentes
- van der Gaag WH et al. Non-steroidal anti-inflammatory drugs for acute low back pain. Cochrane Database of Systematic Reviews, 2020
- Cashin AG et al. Pharmacological treatments for low back pain in adults: an overview of Cochrane Reviews. Cochrane Database of Systematic Reviews, 2023
- Cashin AG et al. Analgesic effects of non-surgical and non-interventional treatments for low back pain: a systematic review and meta-analysis of placebo-controlled randomised trials. BMJ Evidence-Based Medicine, 2025
- Johannsen F et al. Effect of Ultrasonography-Guided Corticosteroid Injection vs Placebo Added to Exercise Therapy for Achilles Tendinopathy: A Randomized Clinical Trial. JAMA Network Open, 2022
- Hayden JA et al. Exercise therapy for chronic low back pain. Cochrane Database of Systematic Reviews, 2021
- Kosek E. The concept of nociplastic pain: where to from here? Pain, 2024
Última verificación de las fuentes: septiembre de 2026.





